Rubén Darío Carles como contralor y los diputados

laestrella

 

Mi relación con este personaje tan especial en la vida pública del país fue de más de medio siglo.

Tras su fallecimiento a los 94 años, Rubén Darío ‘Chinchorro’ Carles ha sido recordado por muchos. Su despedida fue apoteósica, muchos rindiendo homenaje a su inseparable gatito, y llorando la desaparición de un hombre honesto y transparente, difícil de encontrar en la clase política de hoy.

Mi relación con este personaje tan especial en la vida pública del país fue de más de medio siglo. Su pasión era la enseñanza universitaria, cuando a los profesores malamente les pagaban B/75 mensuales. En 1963, al matricularme en la Universidad de Panamá me tocó el profesor Carles en Economía. Trabajaba en el Chase Manhattan Bank en vía España, frente al Hotel El Panamá, en edificio recién inaugurado. Allí mi padre era el gerente de la sucursal, por lo que al llevarlo a su trabajo poco antes de las 7 a.m. para quedarme con su auto, recogía a Chinchorro para que diera su clase. Por eso, llamando Cochez a mi padre, siempre me dijo Cochecito. Recordarle eso cuatro días antes de su deceso le generó una gran sonrisa.

Buen profesor, pero sobre todo disciplinado. Apenas llegaba a clases ponía pestillo a la puerta. Quería enseñarnos puntualidad y respeto hacia los que llegaban temprano al salón. Esa práctica la traté de implementar en los treinta y tres años que dicté clases en la Universidad de Panamá, pero las puertas ya ni pestillos tenían y el desorden se lo ha ido comiendo todo, como el comején.

Si bien durante los 15 meses en que la Democracia Cristiana estuvo en el Gobierno de Endara él tuvo muchas desavenencias con su dirigencia, conmigo siempre fue muy abierto a mis peticiones en la Alcaldía. Mantuve una relación cordial con él siempre, aunque, por motivos políticos, tras nuestra salida del Gobierno de Endara, sí tuvimos algunas discusiones.

En tiempos en que se habla de partidas circuitales y de los escandalosos robos en el PAN, el contralor Carles le puso coto a ese desorden. Se hizo de veteranos empleados jubilados del Chase para que lo ayudaran en la Contraloría. Gente seria y honesta que investigó todos los desastres de las primeras partidas circuitales que se dieron en Panamá desde 1985 para los diputados, en ese entonces legisladores. Pusieron a correr a muchos, porque algunos del PRD construyeron con sus partidas una constructora, Las Delicias, que no llegó a pavimentar ni un metro de acera. Tuvieron que devolver dinero y hasta un barco que alguien vendió, adquirido con esos fondos.

En tiempos en que la probidad se ha vuelto una virtud sin uso y desprestigiada, porque muchos hablan de ella, pero pocos la convierten en realidad, el legado de Chinchorro, apoyado por su subcontralor, luego contralor, José de los Santos Chen Barría, demuestra que sí es posible que los gobernantes sean honestos y responsables. Que conviertan en hechos sus promesas, que se atrevan a ponerle freno a bribonadas, aunque con ello pisen los pies de algún allegado o amigo.

En los últimos años de su vida lo vi mucho al lado de su querida Querube. Siguió todo lo que hice en la OEA, quizá por su vinculación con Venezuela donde vivió unos años de su exilio. Conversador incansable, estaba pendiente de todo lo que pasaba en Panamá y en el mundo.

Se nos fue físicamente, pero ojalá su legado perdure. De verdad y no con palabras huecas de los que han encontrado en la política una manera de complacer amigos y atesorar riquezas. Y que de lo que dicen hay que creerles muy poco.

Versión digital publicada el 1 de Junio de 2015 en La Estrella.