¿Podríamos tener un Chávez en Panamá?

laestrellaEl Chávez que conocí nunca me pareció ni comunista ni socialista ni nada que se le parecies.

A principios de 1994, Hugo Chávez, al salir de la cárcel por el sangriento intento de golpe militar que protagonizó en 1992, vendía la tesis de la antipolítica: partidos políticos desfasados y clases poderosas corruptas, principal razón por la que los pueblos no avanzarán. Urgía un cambio profundo para liberar a los desposeídos.

Visitó Panamá, y tuvimos de invitado al exmilitar convertido en político al programa ‘Fuego Cruzado ‘ que Mario Rognoni y yo mantuvimos diariamente en TVN Canal 2 por 53 semanas entre 1994 y 1995. La gente estaba entusiasmada por Chávez: representaba el cambio que necesitaban los venezolanos, asolados por una política partidista que lo único que tenía en mente era cómo repartirse el poder y donde los intereses económicos particulares permanentemente se imponían sobre los del colectivo. Donde el poder judicial estaba del lado de los poderosos y las clases sociales marginadas solo recibían las migajas del presupuesto estatal.

El Chávez que conocí nunca me pareció ni comunista ni socialista ni nada que se le pareciese. Bastante tímido y de pocas palabras. La negación de su visa para visitar Estados Unidos en 1994 le dio la segunda herramienta para su discurso: el antiamericanismo. Argumentando que era política de ese país no otorgar visado a acusados de golpistas, a Chávez le sumaron otro as a su antipartidismo. Rápidamente de un 3 % de aceptación que tenía fue superando a una gama de partidos tradicionales divididos, hasta una antigua Miss Universe, Irene Sáez, postulada por el socialcristiano COPEI. Así ganó en segunda vuelta en el 98 contra el gobernador Salas Römer, disidente de COPEI.

El caldo de cultivo para tener a un espécimen como Chávez llegando al poder fue precisamente la galopante corrupción que se dio en el sistema político venezolano, donde los partidos se alternaban el poder, pero los cambios sociales se diluían. Los pobres y la izquierda marxista fueron los principales aliados de Chávez, a los que se sumaron muchos de la llamada oligarquía que también clamaban para un cambio en la política del país. Su ascenso al poder fue aprovechado por una Cuba que necesitaba aliados (y urgente ayuda económica al perder la soviética) que le hizo ver el gran líder lo que llegaría a ser con esa independencia del ‘imperio norteamericano ‘, papel del cual se enamoró Chávez, emprendiendo su llamada Revolución del siglo XXI, creando un confuso y corrupto socialismo, aupado por sus ‘padrinos’ de Cuba, que terminaron como sanguijuelas de su país. No sería de extrañar que en privado los jefes cubanos hicieran mofa de las excentricidades de Chávez y de los bellacos sin ideología alguna, llamados boliburgueses , que durante su reinado se le pegaron para esquilmar a Venezuela, hasta entonces un país rico. Chávez se creyó el cuento de que sería el reemplazo de Fidel en el continente.

¿Será posible un Chávez en Panamá? Creo que sí. Los políticos criollos siguen abonando rápidamente el terreno para que emerja alguien así. Ya tuvimos una muestra muy elocuente, aunque con otro signo, y que mucha gente, al igual que en Venezuela, al principio apoyó: Ricardo Martinelli. Después de cuatro Gobiernos ‘democráticos ‘ desde 1989, donde poco que no fueran parches se hizo para afianzar la institucionalidad del país, llegamos a Martinelli en 2009. Como me comentara el diplomático norteamericano John Maisto, al ganar con el 62 % de la votación, pensó que era el dueño de igual porcentaje de las acciones de la República. Insaciable, trató de tener el 100 %, comprando cuanto diputado pudiera, nombrando a cuestionados abogados en la Corte Suprema y en la Procuraduría, tratando de decapitar al Tribunal Electoral y de controlar hasta la Junta Directiva del Canal de Panamá. En el camino, al igual hizo Chávez con sus amigos y colegas militares, tratando de apoderarse de la mayor cantidad de negocios.

Por eso, ante la imposibilidad de perpetuarse mediante la reelección que soñó, gastó sin recato los recursos del Estado para lograr que su candidato José Domingo Arias, con su esposa de candidata a la Vicepresidencia, ganará y así perpetuarse en el poder, teniendo a su escogido como su títere a quien buscaría rápidamente reemplazar con su cónyuge. Ese plan, afortunadamente, no resultó ante el triunfo de Juan Carlos Varela.

Pero, al paso que vamos, con un cambio de estilo menos estridente, es poco lo que ha cambiado: igual control de la Asamblea Nacional, mediante censurables prácticas corruptas que nadie quiere investigar. Un Órgano Judicial y un Ministerio Público que no generan mística y no dan el ejemplo a sus funcionarios y mucho menos confianza a la ciudadanía. Una práctica de favorecer a ciertos grupos que impiden que las promesas de transparencia se conviertan en realidad.

De haber ganado el candidato de Martinelli no sé dónde estaríamos, pero al paso que vamos, la corrupción política está haciendo aguas en la boca a más de cuatro, porque se está cocinando a fuego lento la emergencia de un mesías, como sucedió en Venezuela con Chávez en 1999, dándole el discurso de reivindicación social que tanto entusiasma a los más desposeídos y que con tanta facilidad aprovechan los corruptos marxistas y anarquistas de hoy.

Versión digital publicada el 16 de agosto de 2016 en La Estrella.