Noriega: ¡que se pudra en la cárcel!

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Días atrás eso fue lo que alguien, molesto con mis declaraciones, me espetó en media calle.

Le resultaba difícil entender que un demócrata antimilitarista como yo hubiese públicamente pedido que se le otorgara casa por cárcel al exgeneral Manuel Noriega, de 82 años, en base a razones humanitarias.

Al regresar de los Estados Unidos y Alemania el 27 de noviembre de 1989, donde había participado en fórums relatando la tragedia que vivía Panamá, fui secuestrado en Tocumen junto con otro exlegislador, Francisco Artola (q.e.p.d.), por las fuerzas de seguridad del régimen militar liderado Noriega. No impidió esa arbitraria detención la presencia en la terminal aérea de siete diplomáticos que nos habían ido a buscar (Santa Sede, Venezuela, Costa Rica, Francia, España, Italia y Estados Unidos). Simplemente nos sacaron del aeropuerto apenas fuera del avión, llevándonos en un ‘jeep’, donde nos esposaron y colocaron una capucha de fieltro en nuestras cabezas.

El encargado de esa operación de secuestro, el entonces mayor Nino Vaprio Montenegro, posteriormente me dijo que Noriega le había pedido que me desaparecieran, lo cual no hizo. En el camino hacia el G-2 nos amenazaron de forma tan burda que no creímos lo que nos harían: echarnos vivos a unos perros salvajes para que nos devoraran. El cautiverio duró interminables 22 horas y fuimos sometidos a toda clase de interrogatorios y vejaciones. Ni un bocado de comida nos dispensaron. Gracias a amigos del PRD, como Camilo Gozaine, y la presión diplomática se logró nuestra rápida liberación.

Durante esos aciagos días mi apartamento era vigilado constantemente por unidades del G-2 y era seguido por donde iba. En mi casa se vivía una permanente angustia, porque temíamos que uno de nuestros hijos fuese secuestrado. A mi esposa en una manifestación la arrestaron por varias horas. En fin, como todos los panameños, vivimos en carne propia lo que significó el final de la dictadura de Manuel Antonio Noriega. ¿Tendría suficientes razones para odiarlo, como pareciera tienen aquellos molestos por los crímenes cometidos durante la dictadura de Torrijos y de Noriega? Quizás sí, pero no creo que el odio sea el mejor acompañante en la vida de cualquier persona que sobre todo promueve la paz. El odio destruye, más que todo, al que lo profesa.

No es la primera vez que digo que Noriega debe salir de la cárcel. Hace ocho años, cuando escribía en El Panamá América, sostuve lo mismo. Dije que mientras había estado preso 17 años, los que habían robado millones del Estado panameño, no habían purgado ni 17 minutos de prisión. Es que para mí el robar recursos públicos es tan criminal como matar gente. ¿O no? En un caso la muerte es rápida y en el otro un poco más lenta; asesinato al fin. Cuando se roba al Estado, se mueren muchos que por faltar recursos no pueden ser bien atendidos en los hospitales o no reciben comida adecuada en sus escuelas, porque por negociados les entregan comida deshidratada dañada.

Transportado aquello a lo que hoy vivimos, concluimos que si a algunos criminales de cuello blanco les están otorgando casa y país por cárcel por razones de que tienen más de 65 años de edad, ¿por qué entonces no se le puede otorgar esa misma medida a una persona —al margen de los crímenes que cometió— enferma y con 82 años de edad? A quien es el panameño que, con sus 26 años, es el que más tiempo ha estado privado de libertad.

Creo en las medidas humanitarias, porque creo en la humanidad. Creo en el perdón, aunque quien me ofendió no se disculpe conmigo. ¿Si Dios nos perdona y entregó su vida para salvarnos, cómo es que los humanos no podemos perdonar?

Versión digital publicada el 8 de Junio de 2015 en La Estrella.