Manuel Antonio Noriega: mis impresiones 25 años después

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Sobre sus hombros pesan 81 duros años, lo que se manifiesta en su lento caminar; porque a esa edad las piernas pesan.

Todo comenzó cuando a inicios de junio pasado otorgaron casa y país por cárcel a algunos de los implicados en casos de alto perfil por corrupción del Gobierno anterior. Me pregunté, en diversos tuits, ¿por qué a aquellos que tanto han robado y que por la corrupción tantos han matado por falta de medicinas, se les da esa prerrogativa y, al panameño con más años de presidio, 25, se le niega la medida de casa por cárcel? Me refería a Manuel Antonio Noriega. Mi interés era viejo: a los 17 años de su presidio, en 2007, había pedido lo mismo en El Panamá América.

Al día siguiente de esos tuits, el 4 de junio, La Estrella de Panamá, hizo noticia de aquello y publicó: ‘Cochez pide casa por cárcel para Noriega’. La reacción fue diversa, unos criticándome, otros apoyando. Esa noche, recibí una inesperada llamada. Era Manuel Antonio Noriega, dándome las gracias. Se me ocurrió visitarlo. Ya en cuatro ocasiones: el viernes 12, el miércoles 17, lunes 23 y martes 24 de junio, superando los encuentros las tres horas.

En las últimas visitas me hice acompañar por el presidente encargado del Colegio Nacional de Abogados, Juan Carlos Araúz. Han estado presentes en parte de ellas sus hijas Sandra, Thays y Lorena. A decir verdad, no me arrepiento de mis gestiones, porque creo que en Panamá, quizá por no saber cerrar capítulos, hemos mantenido innecesariamente abiertas heridas. Al igual que muchos panameños, fui víctima del régimen de terror que se instauró en la dictadura, desde Torrijos hasta Noriega. Negó, a pregunta mía, que me hubiera mandado a matar cuando regresé de EE.UU. el 27 de noviembre de 1989 y me retuvieron en Tocumen.

Tenía muchos años que no lo veía. La última, quizá en 1986, cuando le tocó a las Fuerzas de Defensa por primera vez sustentar su presupuesto ante la Comisión de Presupuesto de la Asamblea Legislativa. Era legislador lo cuestioné por dos horas seguidas. Ante mi incisivo interrogatorio mantuvo la calma y la paciencia, lo cual no ocurrió al año siguiente cuando al coronel Díaz Herrera le tocó hacer lo mismo, y por igual lo interrogué. Un punto a favor de aquel.

Sobre sus hombros pesan 81 duros años, lo que se manifiesta en su lento caminar; porque a esa edad las piernas pesan. Está claro y muy agudo de mente; muy sereno; de haber sido hoy 1989, me confesó, hubiese aceptado la negociación que los norteamericanos le plantearon para salir del poder pacíficamente a cambio de quitarle los cargos que sobre él pesaban; poco les importaba lo que él hubiere hecho en Panamá. Le señalé que me parecía una persona que había encontrado la paz que todos los seres humanos queremos disfrutar los últimos años de nuestras vidas. Se nota la presencia de un Ser Superior en el espacio donde vive; la presencia de imágenes de Cristo y la Biblia lo reflejan.

Vive en una celda especial que tiene una pequeña sala-comedor, donde hay un televisor al que solo le llega un canal y un pequeño escritorio donde está su computadora, adquirida en Francia. Allí lee las noticias. Vive donde lo hacían los antiguos jefes de la prisión en tiempos norteamericanos. Viejos dúplex remodelados durante la gestión de Raúl Montenegro como ministro de Gobierno y Justicia (1995). El área es sumamente húmeda, no solo por la selva a su alrededor, sino por lo frío del aparato de aire acondicionado. Puede tomar el sol en las afueras. Un médico lo visita a diario, y la Cruz Roja Internacional lo visita periódicamente. No es un reo cualquiera.

Para algunos no será fácil perdonar a Noriega. Como le mencionó el nuncio Andrés Carrascosa en una de sus visitas al penal, recordemos que el Padre Nuestro nos dice que pedimos perdonar nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden. Para lo que fuere, 25 años de cárcel han sido suficientes. El resto se lo dejamos a Dios, el único con capacidad y derecho para juzgar a los humanos.

El miércoles 24 el general Noriega grabó en Telemetro una entrevista que gestioné con Álvaro Alvarado, con el apoyo de sus hijas y del nuncio. Noriega, luciendo una guayabera blanca, pidió perdón a los panameños. Era imposible pedirle que describiera casos en particular, aunque Álvaro hizo el intento. Estuve presente y Noriega no quiso salirse del punto básico de su declaración. ‘Quiero cerrar el círculo de la era militar; pido perdón, si he hecho daño a alguien; este perdón implica un acto de contrición’. Me consta que lo hizo de corazón. A él le tocó vivir en ese tiempo y desempeñó su papel. Bien o mal que lo hiciera, será Dios a quien le corresponderá juzgar. Pudo haber sido perdonado por los norteamericanos, pero, al no aceptar ese perdón, purgó más de 25 años en cautiverio. Podrían para cualquiera ser suficientes en la vida de un ser humano.

Versión digital publicada el 29 de Julio de 2015 en La Estrella.