¿Los panameños no quieren trabajar?*

laestrella

Es común escuchar a muchos decir que no tienen dónde trabajar. Que carecen de oportunidades para satisfacer sus necesidades básicas; que no hay nada para ellos.

Se da mucho a nivel de las principales capitales de provincia donde todos se quieren concentrar. En el interior, gracias a Dios, debido a comercios, desarrollos habitacionales y hoteles establecidos en la última década (Panamá Oeste-Coclé-Azuero-Chiriqui) la inmigración hacia la ciudad en busca de oportunidades ha disminuido considerablemente. Ya en algunos de esos antiguos pueblos fantasmas como Río Hato, hay familias con 3 o 4 empleados en el hogar, lo cual les provee de ingresos y seguridad social, que nunca pensaron tener. Hay que encausarlos para que continúen educándose.

En la capital, sobre todo, es difícil encontrar un restaurante nuevo que cumpla con las leyes migratorias. Seguro estoy que si Migración y el Ministerio de Trabajo hicieran cumplir el peso de la ley, muchas se quedarían sin personal, teniendo que pagar ingentes multas. Y no es lo que propongo porque creo que, como país líder en crecimiento económico regional, debemos tener los brazos abiertos a los refugiados, tal como nos indica el papa Francisco. Así nos construimos como nación y así seguiremos creciendo.

Si buscas una doméstica, no la encuentras; con tantos subsidios que se le dan a la gente mejor se queda achantada esperando cada 15 días sus 70/100 y su beca universal, que al final en muchos casos terminan en las cantinas de los pueblos. Si quieres un mesero, que al final del día entre salario y propinas puede hacer más de $1000 al mes, será difícil encontrarlo, porque al pedirle que rote turnos y trabaje algún domingo, se echará para atrás, porque se están metiendo con su régimen de vida que incluye un arranque con sus amigos. Por supuesto que pedirle que trabaje en carnavales sería la peor maldición. Si buscas un mecánico de a malas encontrarás uno que cobre lo que pactó y repare adecuadamente lo que le confiaste y, eso sí, en el tiempo estipulado. No damos servicio y menos confianza. Pegamos mentiras; jugamos el juegavivo.

Días atrás entré al Rey de la Calle 50. Gracias a un diligente supervisor que me calmó regresé a seguir mis compras ante una dependiente molesta porque le pregunté dónde encontrar un producto. Me duele decirlo, pero esa actitud negligente de quien no aprecia el valor de un cliente, difícilmente se encuentra en un extranjero, sea de Colombia, Venezuela, Nicaragua o Dominicana. Esos vienen a abrirse paso en una nueva vida y están dispuestos a fajarse para salir adelante; no les importa qué harán lícitamente para lograr ese objetivo. Lo mismo que los paisanos chinos que durante años viven detrás de su tienda y terminan comprando el edificio y administrando todos los ahorros que por su sacrificio ahorraron. En el camino, convirtiendo a su prole en esforzados profesionales y responsables ciudadanos.

Los subsidios sociales se han convertido en un freno para el desarrollo humano. La gente debe darle valor a lo que recibe; espera que todo se lo regalen. Estamos por buen camino enseñando masivamente a los jóvenes a hablar inglés. A la par debemos multiplicar las escuelas vocacionales y técnicas. El país requiere de buenos mecánicos, electricistas, torneros, maquinistas. Hay exceso de profesiones liberales y no se ven cambios en el pensum de las universidades para abrir las carreras intermedias que se necesitan.

Pero sobre todo, los panameños requerimos inspiración; nos hace falta mística. A los jóvenes se les está inculcando que para poder triunfar hay que trabajar en el Gobierno. Que para ser exitoso habrá que imitar a gentes de otros países. Estamos perdiendo nuestra identidad por los estereotipos que copiamos de sociedades diferentes. Simplemente debemos devolver a la juventud el sentimiento de haber nacido en un país donde nuestros progenitores nos recuperaron el Canal de Panamá y pusieron fin a una oprobiosa dictadura militar. Y, eso, ¡es bastante!

Versión digital publicada el 04 de Abril de 2016 en La Estrella.