La Asamblea Nacional y la institucionalidad del país

laestrella‘Panamá es de todos y es preciso que gente pensante dé su opinión sobre cómo mejorar las cosas en nuestro país’.

El presidente de la Asamblea Nacional, Rubén de León, ha invitado a un grupo de panameños a un diálogo-almuerzo que ha organizado para el 11 de octubre en la Asamblea Nacional para ‘reflexionar sobre la realidad institucional del país’. Me ha distinguido inmerecidamente invitándome a tal convivio, al cual hubiera asistido porque creo que lo que le hace falta al país es precisamente eso: que se converse y se discuta sobre el turbio futuro que se nos asoma en materia de institucionalidad. Me excusé de asistir, debido a que estoy fuera del país. Sin embargo, no desaproveché en mi respuesta la oportunidad para reflexionar sobre el importante tema que se plantea el diputado de León en su innovadora convocatoria.

La Asamblea Nacional, al discutir sobre la institucionalidad nacional, debe partir por el rol que la misma entidad debe desempeñar en esa necesaria discusión del estado de las instituciones políticas, tan urgentes para mantener el Estado de derecho y el fortalecimiento hacia los pilares democráticos de nuestra Nación. Debe mirarse en el espejo y verá que no es muy positivo lo que encontrará allí. La aceptación ciudadana sobre el trabajo legislativo está en números rojos; muy rojos por cierto, al igual que están los demás Órganos del Estado.

Para nadie es un secreto que la opinión pública nacional valora muy mal al trabajo de los señores diputados, así como al papel que desempeñan en el ejercicio de sus cargos. Parten por la idea equivocada de las funciones que deben cumplir los parlamentarios, como son las de legislar, fiscalizar a los demás órganos del Estado y asumir el papel judicial que les corresponde. Desafortunadamente, los diputados piensan que su rol más importante es el de hacer aceras y veredas, compitiendo con el trabajo propio de los representantes de corregimiento en lo relativo al trabajo comunitario y dar empleo a la mayor cantidad de sus copartidarios, a costa de los dineros públicos asignados a la Asamblea Nacional. Mientras esa horrible distorsión no se corrija, la percepción ciudadana seguirá siendo desastrosa frente a la labor legislativa y el país se verá afectado porque sus mejores hombres, ajenos al clientelismo político, no podrán acceder jamás a ser diputados. Así la calidad de la Asamblea jamás podrá mejorarse. Advierto que esto no es nuevo, sino que constituye el arrastre del populismo que con los años se ha acentuado en el Parlamento desde que su versión actual se creó en 1984.

Además, aún no se aclara ante la población la realidad de la utilización de los recursos económicos de la Asamblea Nacional en asuntos ajenos a ese órgano del Estado, como lo es el financiamiento de campañas políticas particulares de un grupo de diputados. Por más que se diga que todo lo que se gasta en la Asamblea se encuentra en la página web de ese Órgano del Estado, lo que se conoce públicamente es verdaderamente preocupante.

Al margen de lo que pueda decir sobre la Asamblea, debo reconocer que estamos comenzando por algo positivo: que las autoridades se den cuenta de la urgente necesidad que existe de que gente fuera de los partidos políticos, ajenos a la politiquería diaria en que algunos están sumidos, den su franca opinión sobre lo que piensan de la institucionalidad del país. Ojalá que el ejemplo que hoy nos da el presidente de la Asamblea Nacional sea imitado por el presidente de la República y los magistrados de la Corte Suprema de Justicia, ya que requerimos de una total reingeniería en todo lo concerniente al manejo de nuestra Nación.

Panamá es de todos y es preciso que gente pensante dé su opinión sobre cómo mejorar las cosas en nuestro país. Enhorabuena por esta iniciativa.

Versión digital publicada el 04 de octubre de 2016 en La Estrella.