¿Buscando un golpe como en el 68?

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Lo que ocurrió ese 11 de octubre de 1968, al irrumpir los militares al poder, se veía llegar desde antes.

El presidente electo, Arnulfo Arias, mandó a decir que veía con buenos ojos que fuera yo el concejal ‘electo’ por el Partido Demócrata Cristiano (aún no existía el representante de corregimiento). El mensaje llegó a mi padre a través de su amigo, el patriarca panameñista, Jorge Pacífico Adames. Conociéndome bien, el viejo Willie le dijo al ilustre mensajero: ‘Mi hijo sabe que no ganó, y jamás aceptaría eso. Lo conozco bien’.

En las elecciones de aquel mayo de 1968 yo había aspirado a ser concejal por el distrito de Panamá en la papeleta de la estrella verde. Tenía veintidós años y cuatro de militancia en el PDC. En una papeleta de quince, llegué de tercero, detrás de Maximino Bolaños, quien iba por la reelección, y del urólogo Oscar Pinzón Castillero. Así como antojadizamente puso y quitó diputados electos por su partido y la oposición, Arnulfo trató de hacer lo mismo con los concejales. Bolaños, de tez morena, había ganado limpiamente, y me imagino que por el color de su piel no era del gusto del Führer de Arco Iris. Cuando le dieron la credencial al doctor Pinzón Castillero, irritado, se las tiró en la mesa: simplemente no había ganado. Así éramos los demócratas cristianos.

Lo que ocurrió ese 11 de octubre de 1968, al irrumpir los militares al poder, se veía llegar desde antes. La burda repartición del poder entre los políticos de turno era descomedida y escandalosa. El comportamiento delincuencial de algunos diputados era de temer. Los mismos partidos que patrocinaron el fraude electoral a Arnulfo Arias en 1964, se le unieron a él como si nada en 1968. Ya nadie sabía quién era quién. Aunque nunca justificaría un golpe militar, la clase política hizo todo lo posible para abonarlo, sobre todo el mismo Arnulfo con sus iniciales arbitrariedades y los liberales, perdedores en esa elección, a pesar de haber abusado de los recursos públicos en el proceso electoral. Esos, luego de derrocado Arnulfo, hicieron todo lo posible para apoyar a los golpistas. La Corte Suprema de Justicia (CSJ) estaba dominada por los Gobiernos de turno. La mecha se prendió cuando Arnulfo desconoció lo que había pactado con los militares antes de tomar posesión. La dosis de egoísmo de los milicos también influyó en aquel resquebrajamiento constitucional.

Cuarenta y ocho años después nos preguntamos: ¿si el PRD hubiese designado militares como ministro de Seguridad, director de Migración, de la UAF y del Consejo de Seguridad, las voces ‘civilistas’ de los Barría y compañía hubiesen pegado el grito al cielo de que se estaba volviendo a los tiempos de Noriega, antiguo jefe de ese partido? ¿O si un PRD hubiese condonado pena de prisión a un alcalde, como lo hizo el presidente Varela con su copartidario Mayorga preso (casa por cárcel) por haber vendido parte del aeropuerto de Chame)? Ahora nadie dice nada, al igual que guardan silencio de lo que está pasando en la Asamblea Nacional (AN), donde se están haciendo cosas tan malas y podridas como las hizo Martinelli y muchísimo peor de lo que se hizo antes y después de 1968. Con la complicidad de quienes guardan silencio, los fondos públicos se despilfarran para comprar lealtades y asegurar silencios de ‘honorables padres de la Patria ‘. Contraloría General, Antai y MEF no dicen nada, porque pareciera que las aspiraciones presidenciales de algunos hay que auparlas con fondos de la AN, sin pelearse con sus diputados. La CSJ ignoró que entre sus deberes está el juzgar a los diputados, los mismos encargados de juzgar a los magistrados, que también hacen caso omiso de esa obligación. No se quieren pisar entre sí.

Caminamos por senderos peligrosos, al igual que ocurrió en ese fatídico 1968, del que pareciera pocos se acuerdan. Lo ocurrido en la AN el pasado 1 de julio, cuando muchos diputados ‘por convicción’ abandonaron la línea de sus partidos para apoyar la alianza del Gobierno; cuando el presidente se inmiscuye en otro poder del Estado criticando al sistema judicial y a sus jueces y libera a copartidarios suyos vía reducción de pena; cuando sin razón se están militarizando puestos sensitivos del Órgano Ejecutivo, podrían presagiar que estamos caminando en terreno movedizo.

Consciente estoy de que el compromiso democrático de quienes dirigen la Fuerza Pública abortará cualquier exabrupto de civiles o militares que se les ocurra salirse del cauce constitucional. Eso no quita, sin embargo, que algunos, llamados a dar el ejemplo, estén jugando con fuego. Ese mismo calor que corroe y vuelve cenizas los cimientos de la institucionalidad del país. Eso no es gobernar con luces altas, como dijo el general Torrijos, sino pensar en el día a día, sin darse cuenta en lo que ese comportamiento afecta la solidez democrática que requerimos para poder crecer como Nación. Si logramos eso, allí de verdad nada ni nadie parará a Panamá.

Versión digital publicada el 19 de Julio de 2016 en La Estrella.